Las máquinas traducen. Los humanos escriben.

 

Seis razones por las cuales las máquinas no podrán sustituir a los traductores humanos

Uno

Los humanos leen entre y detrás de las líneas.

(¿Cuál es la pretensión del autor?)

 “¿Qúe piensa usted de nuestro informe?”

 “No está mal, supongo.”

Según la cultura de origen y la de meta, esta respuesta se podría entender de maneras muy distintas. Si lo dice un británico, “No está mal, supongo” de hecho sí que es una respuesta mala. Podría significar “No está bien para nada, pero no quiero ofenderle. Estoy usando la diplomacia. Tenemos que hablar.”

Del mismo modo, un correo de un empresario japonés podría andar por las ramas a lo largo de veinte líneas de cortesías entre las cuales se esconde el verdadero mensaje, pero un ejecutivo práctico de Singapúr se cansará al leer un correo así porque quiere que se vaya directo al grano. El traductor humano entiende eso y adapta el mensaje al lector humano de la otra cultura.

 

Dos

La traducción automática es digital; los humanos somos análagos.

 (“¿El texto “fluye”?)

Un área en la cual parece que todos reconocen que los humanos lo hace mejor es en la pos-edición; una de las últimas inspecciones del texto antes de llegar a los lectores. Hay un ejemplo sencillo que lo explica en el tema de los segmentos de traducción que usa el software de traducción.

Digamos que hay un párrafo de seis frases que se ha traducidio de forma ordenada, frase por frase, luego dividido en seis ordenados trozos en el idioma meta, que se conocen como “segmentos de traducción” y que la traducción automática puede manejar con facilidad. En la última revisión, el traductor humano podría decidir cambiar el orden de las frases, totalmente cambiando la estructura del párrafo para tener más sentido lógico en la cultura y lengua de los lectores humanos finales. O podría decidir trocear una o dos frases gigantescas y ramplonas para producir unas frases más pequeñas y digeribles en la cultura final. O al revés; tal vez prefiere unir dos o tres frases cortas y bruscas para producir una sola que fluya mejor en el idioma meta. Tales decisiones estilísticas siguen siendo el dominio del traductor humano y lo serán aún para muchos años.

 

Tres

Las máquinas no sienten el choque de culturas.

 (“¿Este anuncio de bañadores femeninos funcionará en el mercado de Irán?”)

Como sabe todo diplomático, a veces en la comunicación humana lo mejor es no decir nada. Las lenguas nacen de culturas, con toda su equipaje histórico: el sentido del humor, los papeles de género, la ética de trabajo, los conceptos de justicia, los papeles en la familia, los sistemas judiciales y políticos, los modales, los tabúes, etc. Un traductor humano hará sonar la alarma si ve un anuncio erótico u oye un chiste sexista que tendrá un efecto devastador entre los destinatarios humanos. Las máquinas se limitan a traducir el mensaje tal cual.

Aun así, tal vez hay que reconocer que en esta situación a lo mejor la máquina es al menos más honesta. En un mundo perfecto, a lo mejor deberíamos dejar que la traducción siga adelante con todas sus consecuencias desastrosas, para que los lectores humanos realmente entiendan al autor por completo, aunque se lleven un desgusto. Sin embargo, en el mundo real el cliente no siempre tiene la razón, y es por eso que necesita un traductor humano para corregirle.

 

Cuatro

Los autores humanos a veces fallan; los ordenadores no.

 (Y por eso los traductores humanos son más fiables.)

Un problema común en la enseñanza de traducción es que a los estudiantes les dan textos perfectos para traducir. En el mundo real, los textos aún por traducir y publicar casi siempre tienen algún fallo de todo tipo, y no solo de gramática o deletreo, sino de información errónea, vocabulario incorrecto o simplemente algún lapsus del autor cansado. Hasta podría haber textos escritos a propósito de forma ambigua o torpe, tal vez por un abogado que quiere despistar, o textos de autores que simplemente no tienen una gran habilidad al escribir porque no es su trabajo, como podrían ser ingenieros o médicos con prisas y su letra peculiar a mano. Los traductores humanos—y sobre todo los que han trabajado en otros campos que no sean la traducción­—entienden eso y detectan tales fallos humanos que el ordenador no percibe, precisamente porque no es humano.

Además, el hecho de que los traductores humanos también pueden señalar los fallos con tacto y ofrecer otras alternativas es otro servicio que el ordenador no ofrece. Lo cual nos lleva a otra ventaja que tenemos sobre las máquinas…

 

Cinco

Los humanos hacen preguntas humanas.

 (“Para qué sirve el texto?”)

¿Es un texto para niños o gente mayor? ¿Médicos especialistas o sus pacientes? ¿Británicos or australianos? ¿Judíos, musulmanes o ateos? ¿Es gracioso o muy serio? ¿Anuncia un producto para venderlo o simplemente para informar al público en general? ¿Una campaña publicitaria funcionará tan bien en China como en los EE.UU.? Si no, tal vez hace falta diseñarla y escribirla de nuevo desde el principio (la “transcreación”). Si es el caso, el traductor acaba de evitar unas posibles pérdidas enormes para vuestra empresa simplemente al señalarlo.

 

Seis

Los humanos escriben el mensaje para que los humanos lo lean.

(Entonces: ¿quién debería estar en medio? Obvio, ¿no?)

Los humanos escriben textos para que otros humanos los lean. Pero si los escritores y sus destinatarios trabajan en lenguas y culturas distintas, hay que traducir el texto. Ahora bien, ¿quién puede entender y traducir mejor un texto escrito con pretensiones humanas para surtir efectos en otros humanos: una máquina o un humano? Obvio, ¿no? La verdadera prueba de la inteligencia artificial no es si una máquina puede “fingir” la interacción humana, sino si realmente la puede “hacer”. Una cosa es poder traducir El Quixote; otra poder escribirla.

Los traductores humanos escribimos.

 

© Gary Smith, 2017. Image: Kaiyodo action figure.